Heterodoxia
La heterodoxia es la llave imprescindible para abrir las claves de todo fundamentalismo. La voz del no abre las puertas de la duda que te otorgará, al final de cada discrepancia, un sí de aplastante veracidad. La heterodoxia frena las ansias del sí y del yo y, a su vez, te da la oportunidad de reflexionar acerca de aquello que creíste incontestable y cierto. Mentir no es pecado, pecar es aseverar aquello que no has tenido la paciencia y la fuerza de voluntad de cuestionarte hasta las ulteriores consecuencias, hasta el límite de la fe que se quierbra, hacia el abismo.
Ser fiel a la heterodoxia es ser fiel a uno mismo, dudar, reprocharse a uno mismo cada vez que camina la senda regalada de los campos de bello verdor, salpicados de rotundas amapolas rojas protegidas por ese cielo perfecto, endiosado, de grandeza y perfección, claro está, un tanto sospechosa. Decirle no al sí, atar el cabo en la mar calma, escuchar la voz de muecín quebrarse y agonizar entre vocablos manidos, de veracidad rotunda, es, en realidad, abrazar a Dios. Porque Dios no es ese peluche precioso que abrazamos al acostarnos, el que nos da calma, el que nos perdona este abandonar el tiempo de ser y estar vivos en lo reflexivo.
La pasividad no es productiva, ni para el cuerpo ni para la mente. El canto de las golondrinas y el trueno implacable de la tormenta que nada podrá detener o aturar son propiedad de un azar premeditado y, a su vez, producto manufacturado por el ser supremo que ya pones en duda, de ese dios que hoy te exige ser obra de la heterodoxia, sospecha y camino errante del vagabundo.
No hay camino ni, tal vez, se haga camino al andar. De hecho, desde esta mirada heterodoxa del todo, el camino es una brizna, un guijarro, un grano de arroz, de sorgo o trigo, es, en verdad, el aroma de los jazmines y la polvareda que daja un carro de bueyes. Es, si no les induce a reproches que me traerían al pairo, el color del viento y la música del crepitar en el fuego de leña en el hogar.
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